Marie Kondo y los 30 libros


Toda mi vida fui sumamente desordenada. Luego llegaron a mi desorden tres artículos que, en vez de amontonar más, me ayudaron a resolver el problema. Los tres son libros, dos de ellos son de Marie Kondo, el otro es de Sandra Felton.

A Marie Kondo, la conocí por Pinterest hace tres años y me emocioné con su método antes de que lo publicaran en español. Cómo no emocionarse con una japonesa cuando tienen fama de ser extremadamente disciplinados, perfeccionistas, inteligentes, de vivir en espacios tan pequeños que hasta se inventaron una medida (el tatami) para poder organizarlos y un sin fin de formas para contar diversos objetos, y objetos para guardar objetos. ¡Tenía que ser todo un éxito!

Abro paréntesis. Cuando apareció en México fui corriendo a Gandhi, y le pregunté a una empleada “¿tienen el libro de Marie Kondo?” Se rio a carcajadas, movió la cabeza, se dio media vuelta y se fue. Así, sin más. Me quedé ahí consternada, mirándola mientras se alejaba riéndose, sin entender qué había pasado. Luego lo encontré entre las novedades, se lo llevé para que viera a cuál me refería, lo vio y me miró muy apenada. Al parecer creyó que era una broma tipo Bart telefoneando a Moe. Esta anécdota no sólo habla de lo cochambrosa que está la mente del mexicano, sino también de lo desconocida que era Maricón(do) por aquel entonces y todavía, antes de Netflix. De paso confirmo, no sin un poco de tristeza, lo que me había comentado un consultor empresarial hace algunos años: ni el internet, ni los best sellers de ninguna editorial podrán alcanzar el impacto que sigue teniendo la televisión aun en la era digital. Cierro paréntesis.

Su método me emocionó mucho más que el de The Minimalists, al cual conocí varios meses antes (no la tendencia artística, sino ese peculiar estilo de vida que también está de moda). Tanto que el mismo día que lo adquirí lo leí completo. Prometía ser la panacea del desorden, ¡la solución a todos mis problemas! Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Y, pues, fallé.

–¿Cómo es posible?– me preguntaba frustrada. –¡Elegir cosas que amas y deshacerte de las demás suena demasiado fácil para fracasar!– Aunque para un acumulador experimentado, deshacerse hasta de la más insignificante de sus pertenencias nunca va a ser fácil. Así que, fracasé en grande. Sólo pude deshacerme de algunas prendas (como tres), pero el daño ya estaba hecho: Marie Kondo había sembrado en mí una pequeña e incómoda astilla que se convirtió en estaca con las dos mudanzas que padecí después. Estaca que sólo fui capaz de sacar con todo el dolor de mi corazón cuando leí a Sandra Felton, otra maestra del orden de la década del 2000 que llegó a mí en una feria del libro de segunda mano, con tres lustros de retraso. Porque “no brilla y no me hace feliz” pero “es que todavía sirve”, “es que es de cuando era niña”, “es que nadie lo va a querer como yo”, “es que le puedo hallar otro uso”, “es que tiene reparación”, “es que me lo regaló fulanito”, “es que me costó muy caro”, “es que está bonito”, “es que le puede gustar a mis tataranietos”… y la interminable lista de pretextos válidos sólo para acumuladores compulsivos se acabó con Sandra. El trabajo no fue físico, sino emocional y mucho más complicado que con Marie, pero me funcionó. Gracias a ella, hace poco (más de dos años después de leer a Marie), logré deshacerme de casi todo y olvidarme del nocivo apego a las cosas que ya mero me sacaba de mi casita de interés social.

Al día de hoy, podría decir que estoy curada, si no fuera porque todavía hay algo que casi me saca de aquí: mis libros. Verán, apartir de dos mil se considera biblioteca y de dos mil para abajo se llama colección. Pues mi colección en menos de una década se convirtió en una biblioteca que no ha parado ni parará de crecer y es de lo único que me niego rotundamente a deshacerme. Éste es el punto al que quería llegar porque, como a mí, veo que a varios colegas y amigos les genera conflicto que Marie Kondo sugiera no tener más de 30 libros. Peeero, lo que quizás están pasando por alto es que el libro está dirigido al público en general. Obviamente una modelo no va a tener una pequeña cajonera exclusivamente con prendas indispensables, un chef no tendrá en su cocina lo mínimo necesario para comer día a día, un músico no va a tener sólo una USB con sus canciones favoritas, así como nosotros (bibliotecarios, restauradores, libreros, editores, coleccionistas, escritores, lectores voraces, encuadernadores, etc.) no vamos a tener jamás menos de 30 libros. Y no hay nada de qué preocuparse, aquí les dejo el fragmento que se refiere específicamente a los libros para que vean que le habla a los demás mortales, no a nosotros.

Ahora, el verdadero problema en su visión de las cosas y específicamente de los libros no está en la cantidad. Quienes nos dedicamos a las artes y oficios del libro, sabemos que más allá de ser contenido es objeto. Ese contraste entre el libro como contenido y como objeto ella sí lo distingue, pero, así, fragmentado. ¿Tiene contenido? Guárdalo en tu mente. ¿Es objeto? Deséchalo. Sin embargo, más que un objeto desechable, es un objeto precioso. En el caso de los encuadernadores, algunas piezas son dignas de museo. ¡Cómo no ofenderse y aferrarse si te dicen que sólo puedes conservar 30 objetos cuando todos son valiosos y no necesariamente por el contenido! Entiendo muy bien la indignación. Pero, en mi opinión, lo verdaderamente indignante es que no parece saber que algunos libros son más que simples vehículos de las palabras, algunos valen por lo que son y no por lo que llevan dentro, otros son feos pero sustanciosos y se pueden mejorar, algunos son obras de arte y el arte no tendrá uso pero tiene sentimientos (?), y, y, y… ¿¡Y QUÉ TAL SI LO QUE BRILLA Y ME HACE FELIZ ES EL SÍNDROME DE DIÓGENES!? D:

En fin, si quieren aprender a acomodar sus pertenencias, sí les recomiendo mucho el libro –véanlo como una guía práctica de organización de objetos– pero si, como a mí, no los hace brillar de felicidad la idea de deshacerse de sus libros, una de dos: o se saltan ese capítulo completo, o empiezan por deshacerse precisamente de ese libro.

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