Lavé el refrigerador


Pues eso. Tengo varias entradas que considero buenas pero aún no están terminadas y en este momento no tengo ganas de pensar mucho para acabar y publicarlas. Así que haré malabares con un tema que para nadie es relevante porque la gente normal lo hace con regularidad, pero yo, pues no. Es todo un evento hacer algo que no acostumbras y precisamente porque no acostumbras, te lleva todo el día. Es aburrido, complicado y tedioso, como un trabajo pero sin dinero de por medio porque ama de casa, o sea, peor que un trabajo. En ese tipo de situaciones mi mente se evade y deja al cuerpo trabajando en automático, entonces me invadieron los recuerdos. 

El primer refrigerador que tuvimos mi mamá y yo fue un servibar pequeño en el que a penas cabía lo indispensable. Mi mamá vino a verme hoy y dijo que “entre menos espacio tenemos, menos nos llenamos de cosas”, que “las cosas estorban” y que ella se ha intentado deshacer de cosas porque se dio cuenta de que es mejor “vivir ligera”. Al fin le pegó el minimalismo a su “acumulatividad”. Y a mí también porque a la mala aprendí que cada cosa que tienes requiere tiempo y cuidado. Así sea un pequeño objeto decorativo, tarde o temprano requerirá por lo menos una sacudida por el polvo acumulado y estos últimos años aprendí que soy muy floja para hacerme cargo de… lo que sea. 

Recordé al dueño de una librería con quien hice negocios. Como editor, se la pasa escribiendo y lo publica en Facebook. Alguna vez le leí que su padre, un alemán, tenía una máxima bastante mínima “nada que no quepa en una maleta vale la pena en esta vida”. Tenía razón. Refrigerador, lo siento mucho, no vales la pena. A menos de que sirvas para conservar las partes de alguien que sí cupo en la maleta. Ok, no. 

Como les decía, nuestro segundo refrigerador, lo compró mi mamá cuando vivíamos en la casa donde pasaban “cosas paranormales”. No pasó mucho tiempo antes de que el refrigerador empezara a cantar y a golpear. A veces mi mamá estaba sola y lo escuchaba cantar como si fueran “cantos gregorianos”, decía. Y diario a medio día, se escuchaba un golpe seco en la parte trasera del refrigerador, que pasó de bajo a fuerte, del refri a la pared y de respetar el horario de verano a valerle hacer sus shows en cualquier hora. Supusimos que al mudarnos, el refrigerador cambiaría su mala actitud, pero nos mudamos y la magia continuó. Hasta la fecha lo conserva y le sigue cantando como cualquier refrigerador con talento artístico. Ya saben, lo normal. 

Hace casi 4 años, me fui de su casa y por un momento pensamos que no era el refrigerador, sino yo. Al lugar donde me mudé, tenían uno bastante más viejo que el de mi madre, que jamás había dado problemas. A las pocas semanas de que llegué, empezó a golpear la parte trasera. El mismo golpe seco que pasó de suave a muy fuerte. Lo moví de lugar y siguió, del refrigerador a la pared. Y en la soledad, cantos. Le pregunté al dueño desde cuándo hacía eso, pero eso que hacía era nuevo para él. Si no lo hubiera escuchado él mismo, ni siquiera lo habría creído posible porque “tiene muchos años en la familia y nunca había hecho eso, ¿qué le hiciste?”, dijo sorprendido. 

Cuando regresé a visitar a mi madre y le conté, dijo que su refrigerador ya no hacía “esas cosas”. Los meses que estuve lejos, el refrigerador se comportó como todo un caballero, ya no le cantaba a las damas sin su consentimiento, ni golpeaba la pared con su masculinidad tóxica. Ya ni siquiera estaba pegado a la pared. En mi ausencia, mi mamá lo había movido de sitio. El lugar no podía ser la causa porque dejó de hacer ruidos antes de reubicarlo y su teatro musical había sobrevivido cuatro mudanzas como para detenerse por un par de metros de distancia. De veras parecía ser yo el problema. 

Me independicé a los pocos meses. En cuanto pude, me compré un refrigerador nuevecito, más pequeño que ese par de sopranos. Lo mismo. Pero ya no era sólo mi refrigerador, sino también el de mi mamá. Sí, otra vez. Ni siquiera estaba pegado a la pared desde que lo había cambiado de lugar en mi ausencia y seguía golpeándose a sí mismo y cantando. Pasado un tiempo, intenté dialogar con el mío. Sólo obtuve respuestas binarias (sí/no pronouns) y muchos silencios incómodos. Ay, la soledad y el ocio.

Recordé a “la señora que inyecta”. Madre soltera de dos hijos que, a los pocos meses de haber fallecido el menor, empezó a escuchar que su refrigerador le hablaba y le cantaba en coro. ¡Como el de nosotras! Le dieron un gran coctel de antidepresivos y antipsicóticos que aparentemente destruyó la magia de Disney y sus ganas de morir. Hasta que un día nos confesó sin querer que no, que el refrigerador le seguía hablando pero ya mejor lo ignoraba y nos sugirió hacer lo mismo con el nuestro “a ver si así se calla”. 

Al parecer, nosotras no éramos las únicas que tenían encuentros del tercer tipo con refrigeradores multidisciplinarios. Luego resultó que ése no era el único aparato eléctrico parlanchín. Además del radio y la televisión, mis impresoras también hablaban. Rara vez entendía lo que decían. Pensaría que era el cansancio llevado al límite, pues llegué a hacer más de 10k impresiones en un par de días con sus respectivas noches, si no fuera porque sí entendí algunos mensajes no impresos y tenían bastante sentido.

Pero, ¿por qué lo hacen? ¿Qué lleva a un refrigerador a intentar comunicarse con un humano? Tengo una teoría.

Abro un paréntesis: Si usted, estimado lector, ya llegó hasta este punto de la lectura, ¡por supuesto que puede leer lo que falta de mi locura sin pena! Ya habrá tiempo para avergonzarse después (o antes, si además es crononauta).

It’s in the water, baby! Algo que noté en varios de mis encuentros paranormales fue la humedad en el ambiente: Vidrios empañados, vaho en los espejos, vapor en el baño sin que nadie se hubiera bañado, agua en mis zapatos, etc. ¿En casa, hay algo con más humedad y electromagnetismo (!) que un refrigerador? Pues ahí lo tienen: un agente directo con el más allá…

Que hasta hace un par de horas estaba asqueroso. Si me lo preguntan diré que era limo, plasma o similares sólo para hacerme la interesante y fingir que toda esa suciedad no provenía de mi infinita flojera, sino de algo más grande que yo, como todo misterio del Universo.

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