De pastores y borregos


Tultitlán es un lugar mágico habitado por curiosos personajes míticos. Están los Reyes, los dioses y sus hijos, los caciques, los ilegales, los narcotraficantes, los dos tipos de pastores y sus respectivos borregos… Hoy les hablaré de estos dos últimos.

Pocas semanas después de que mi mamá adquirió casa en este municipio, fuimos a darle una vuelta. Como está en un cerro, todo lo que la rodea se puede ver desde antes de llegarasí que, en la lejanía, vimos una enorme lona azul. De momento, creímos que era una carpa de circo, y yo, a mis 17 años, me emocioné porque hacía 10 que no iba a un espectáculo de esos. 

No íbamos muy seguido a la casa y, cuando nos mudamos —un año y medio después— nos pareció sospechoso que el circo ahí seguía. El primer domingo que dormimos en la casa nueva, por fin supimos que aquello no era un circo, sino un templo cristiano. 

Enterarnos fue muy fácil porque, cada ocho días, llegan montones de cristianos en sus mejores fachas a pedir la gloria. “¡Quiero la gloria, gloria!” corean al unísono, “¡Quiero la gloria, gloria!” claman en cantos desafinados, y así, cada domingo desde muy temprano, nos despiertan (la misantropía). 

Al final del día, les pasan un sobre para depositar la comisión que implica el haberles ofrecido su lugar en la gloria. Si algún ingenuo supone erróneamente que la gloria es gratuita, ahí mismo lo ridiculizan y le sale casi tan cara la humillación pública como haber tenido que dar diezmo. La burla es el precio justo a pagar por pedir el cielo gratis. 

Y les juro que la gloria sí llega: Cuando vemos pasar por aquí una camioneta costosísima con cristales polarizados, no sabemos si se trata de un narcotraficante o de un pastor. Sus vehículos son el más claro ejemplo de que la gloria, indudablemente, llega a ese templo. Que caiga en manos exclusivas de pastores es asunto que no les atañe a los borreg… digo, a los fieles.

Un día, mi mamá conoció a una fiel borrega y no pudo evitar preguntarle:
—¿Y a qué va, señora?
—A adorar a Dios.— Respondió sin pensarlo.
—Pero lo puede adorar en su casa, ¡y gratis!— Alegó mi mamá con toda la mordacidad que la caracteriza.
—Sí, pero no es lo mismo.— Eludió la señora. Y por supuesto que no es lo mismo; en su casa no hay quién le quite el diez porciento de su sueldo por cantarle a su Dios.

Otro día, mi madre contrató a un albañil que también era borrego de ese templo. El “maistro” le empezó a hablar a mi mamá de “El Señor”. Y mi mamá, irreverente como siempre, preguntó:
—¿Cuál señor?
Como era de esperarse, el borrego se quedó perplejo ante esa incómoda pregunta. Después de unos segundos de silencio, respondió con inocencia:
—¿Cómo que cuál señor? ¡Pos El Señor!
—¿Pero cuál señor?— Insistió mi madre.
—Pos el señor que está en el cielo.— Aclaró el señor que hablaba de El Señor.
—¡Ah! ¡Dios! Señores hay muchos, Dios sólo hay uno.

Sí, tristemente esa conversación fue de Guatepeor a Guatemala, sin posibilidad de mejorar porque mi mamá es católica (yo no), es decir, borrega descarriada de distinto rebaño (espero que no me lea). Pero, regresando a la conversación que tuvo con la otra cristiana, ella le explicó a mi madre que ese templo era para ellos lo que La Basílica para los católicos. Ante tan ridícula analogía, mi mamá no se pudo quedar callada y dijo:


—Discúlpeme, pero La Basílica no es de hule.— Refiriéndose despectivamente a la lona que cubre el templo improvisado (que tampoco es de hule).

Y ya en más confianza, me dijo mi madre: 

—Si voy a La Basílica por lo menos me tomo una foto con un burrito de peluche. ¡Ahí (señalando el templo) no hay ni eso!— y en un tono más serio —La Basílica es una obra del siglo XVIII. Tiene pinturas aún más antiguas barrocas y novohispanas, ¡y en esa lona no hay!

Luego empezó a darme una cátedra sobre el arte religioso y el estilo arquitectónico de La Basílica. Sobra decir que de ella me nació el gusto de ir a las iglesias por el simple placer de contemplar su arte y a su interesante cristo gore, un atractivo visual que nunca encontraré en un circo cristiano.


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