Ángel de Campo y El Pinto


Tenía menos de 5 años cuando mi mamá me leyó por primera vez El Pinto, uno de los cuentos de la antología El galano arte de leer. Antes de que terminara, yo ya estaba llorando. Era la primera vez que un libro me hacía llorar y no fue la última porque, a pesar de que ella cuidaba ese libro como un objeto valioso —con justa razón—, yo, buscando esa historia en particular, lo deshojé de tanto hojearlo. Así, mientras ella sufría por su libro, yo sufría por aquel personaje. Y es que “¡pobre Pinto!”, como diría el autor.

Sé que el llanto de una desconocida es una pésima invitación a la lectura, así que mejor les quemo la histoDIGO les hablo un poco sobre el autor, los libros y ese cuento, que me sigue conmoviendo (aunque ya no hasta las lágrimas) a mis 28 tiernos años.

A diferencia de otros escritores contemporáneos, que también fueron reconocidos en su época, el nombre de Ángel de Campo no resuena en el eco de la memoria colectiva, mucho menos forma parte de la cultura popular. Alguien escribió que sus antologías “se leen con agrado aunque dejan escasa huella en el ánimo lector”, sin embargo en mí sí dejó una gran huella y en personas que conozco y lo han leído también. Creo que el problema es la escasa difusión. ¿Pero cómo difundir algo perdido en el tiempo? Lo que escribió se perdió en las páginas de los periódicos y digo “se perdió” no sólo de forma literal —como sucedió con parte de su obra—, sino también porque no hay suficiente investigación hemerográfica. Hubo antologías, claro que sí. Inclusive, él mismo se encargó de hacer recopilaciones en tres volúmenes: Ocios y apuntesCosas Vistas y Cartones. Pero, aún así, pocos conocen al autor hoy en día. Es una verdadera pena debido a la calidad de su trabajo y a la vigencia de algunas circunstancias que atraviesan sus personajes a causa del paralelismo entre el liberalismo de aquel entonces y el neoliberalismo que padecemos actualmente.
 
Cuando quise investigar más sobre él, me topé con biografías raquíticas y repetitivas; y cuando busqué su foto, sólo encontré dibujos. Sin embargo, pude tejer su historia tomando pedazos de esas biografías y trazar su retrato haciendo un dibujo del dibujo.

También iba a dibujar a El Pinto como lo imaginé, pero no quise que otros lo imaginaran como yo a través de mi ilustración, así que sólo hice su ojo. Y, después de pensarlo mucho, decidí no hablarles mucho sobre esa historia por la misma razón. Mejor me limitaré a contarles lo poco que sé sobre la vida del autor, no menos desafortunada que la del protagonista del cuento.
Verán, Ángel de Campo fue también el nombre de su padre. Hace mucho, alguien me dijo que herederarle el nombre a los hijos es heredarle el karma. Siempre he dudado de la existencia del karma (gajes de vivir en un país donde no hay justicia ni divina), pero curiosamente ambos murieron demasiado pronto y, como todos sus familiares, “por una enfermedad de pobres”.

Su familia era de militares, incluyendo a su padre y a los hermanos de su madre, de quien no sé nada más que su nombre: Laura Valle. Como fruto de su relación procrearon seis hijos. El tercero de ellos, Ángel Efrén de (o del) Campo y Valle, fue el primero en aferrarse a la vida (9 de julio de 1868, Ciudad de México). Dos niñas antes que él no lo lograron. Después de él, tuvieron a otros tres hijos. Supongo, sin temor a equivocarme, ser el primogénito le hizo heredar el nombre de su padre, como se acostumbraba entonces. Tal vez, habría tenido más hermanos, si su padre no hubiera muerto cuando él tenía 4 años; y tal vez —sólo tal vez— no se habría dedicado a escribir, si las cosas no se hubieran dificultado tras su fallecimiento.

Cuando la herencia que dejó su padre se acabó, su madre le pidió ayuda a sus hermanos, generales del ejército, quienes le dieron una pensión mensual. Un tío político, esposo de la hermana de su mamá, inscribió a Ángel de Campo en donde estaban estudiando sus hijos: el Instituto Anglo Franco Mexicano de Emilio Baz, el colegio de mayor prestigio en su época. Fue un excelente alumno.

Posteriormente, ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria, donde se hizo amigo de Federico Gamboa, Luis González Obregón y Ezequiel Chávez. También convivió con otros compañeros de escuela que se cultivaron en las letras: Luis G. Urbina, Antonio de la Peña y Reyes, Victoriano Salado y Álvarez. Tuvo como maestro a Ignacio Manuel Altamirano y lo admiraba tanto que se convirtió en una gran influencia literaria. Tenía todo para desarrollarse en la literatura.

Por alguna razón, decidió ser médico, pero el destino es ineludible. Al año de haber entrado a estudiar Medicina, su madre falleció. Para poder mantener a sus hermanos tras quedar en la orfandad, abandonó la carrera, entró a trabajar al gobierno en la Secretaría de Hacienda, e incursionó en las letras como periodista, como escritor y como profesor de Literatura en la preparatoria donde estudió. Tiempo después, se fue a Chicago en compañía de un amigo caricaturista con la intención de fundar un periódico y, al no conseguirlo, volvió desilusionado, solo y sin dinero. Dos mecenas porfiristas lo ayudaron a regresar y, ya en su tierra natal, le dieron apoyo financiero para que pudiera retomar sus estudios y continuar con el periodismo.

Tenía dos seudónimos: Tick Tack y Micrós. Como Micrós le dio vida a los habitantes que carecían de voz, a través de personajes en difíciles condiciones sociales, por los que mostraba cierta compasión. Como Tick Tack se burlaba con sutileza de ellos y de sus circunstancias, sólo para divertir al lector. Uno era propositivo y el otro pesimista.

Pertenecer a una familia de clase media baja, al margen de los privilegios elitistas del gobierno liberal, le hizo ver, padecer y retratar con asombrosa lucidez las consecuencias del porfiriato y el fin del siglo XIX. Más de media vida la pasó escribiendo acerca de la ciudad que lo vio nacer y morir; sobre el dolor ajeno, del que se apropiaba para sensibilizar al lector; y sobre la pobreza, un obstáculo constante y, a la vez, su musa.

Cuando sus hermanos dejaron de depender de él, se casó con María Esperón, con quien tuvo un hijo que murió al nacer. Cuatro años después, con tan sólo 39 años de edad, De Campo falleció a causa de la epidemia de tifus (8 de febrero de 1908).

Aunque vivió poco, escribió mucho: Poesías, novelas, artículos, crónicas… Sobresalió como cuentista, tanto, que el cuento, visto como un género menor en su época, se destacó gracias a él y su estilo fue canónico durante las cuatro décadas posteriores a su muerte.

Más de un siglo nos separa de su deceso. Pero esa sociedad finisecular que trazó con la precisión del realismo, fue trasladada no sólo a un nuevo siglo sino a un nuevo milenio. El gobierno nos tendió un puente al pasado (¿o una trampa?) con el llamado neoliberalismo. Su obra es pertinente porque refleja como juego de espejos nuestro panorama actual; y, además, ese valor estético y el toque propositivo del que a veces carece la realidad hace necesaria su lectura.

Estoy convencida de que detrás de las mejores historias se encuentran las vidas más complicadas, Ángel de Campo es un buen ejemplo. Como ven, su biografía bien podría ser uno de sus cuentos, o más bien, sus cuentos son un reflejo fiel de lo que vio y vivió. Tal vez si El Pinto la leyera, diría “¡pobre Ángel!”. Pero El Pinto no existe, mas que como cuento, el cual ya es de dominio público y pueden leer en Google.

Para finalizar, les hablaré un poco sobre El Pinto para que no los agarre por sorpresa las diferencias que hay entre lo que dije y esa narración en particular. Si les gustan las sorpresas, éste es el momento para que huyan.

El Pinto es distinto a otras narraciones del autor. Aunque Micrós lo humanizó, no se trata de una persona sufriendo por las inclemencias de una época. Es la historia de un entrañable perrito mestizo (sí, internet, ya sé que están de moda los mentados gatos, pero los perros también son bonitos). Claro, el estilo es el mismo, también abusa de los adjetivos para dar precisión y sentimiento a sus descripciones, y los personajes secundarios son muy característicos de la época. Sin embargo, no se trata de un drama de humanos sino de uno de perros (?). Volvió protagonista a un ser marginal que vivía al margen de los marginados (perra vida). Es la epítome de su compasión escrita. Y ya. No les diré nada más para que mejor lo lean.

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